Volver a rezarle a Judas

 

Judas Priest era muy mecánico para mi. Tenía canciones buenas, en el colegio los ponía de vez en cuando de lo que tenía en mi computador, las canciones del álbum Painkiller (90’) eran las más tremendas. Tengo una imágen vieja en mi cabeza, como un fotograma sobre-expuesto de la conciencia, en la que recuerdo mi más cercana y positiva aproximación a la banda. Era el año dos mil dos o dos mil tres, alrededor de séptimo u octavo bachillerato, Guns n’ Roses era mi banda favorita y Judas Priest me era indiferente, era esa banda que cantaba –living… after midnight…- y pues no, no me gusataba. Estábamos en el salón de clase, yo le decía a un amigo mientras sostenía mi discman en la mano, –escucha esto, es Judas Priest-, busqué la canción y le puse Painkiller. Estoy seguro que el recuerdo que tengo responde a haber escuchado la canción el día anterior porque mientras él escuchaba, yo le hacía señas y caras, mostrándole el asombro que me había dejado tan impresionante canción. Igual que él, yo tampoco podía salir de mi sorpresa, –suena thrash, ¡Judas Priest!-, le decía yo y él se quitaba un audífono para ponerme cuidado. Estuvimos de acuerdo en Judas, él, que escuchaba de ese metal gótico, sinfónico, metal geek y yo, que escuchaba Guns n’ Roses, Van Halen y Kiss. No hay más en esa secuencia, es borrosa y podría agregarle detalles al fondo pero simboliza esa vez, que disfruté genuinamente a la banda por encima de cualquier otra cosa en la caja de cds de mp3s que cargaba en la maleta.

Nunca me le medí a escuchar un álbum entero de Judas hasta la universidad y puse British Steel (80’). Fue una decepción muy grande, un muy mal criterio. Esperaba escuchar un símbolo del heavy metal, el disco que abría la década de los ochentas, ¡boom!, el disco definitivo del género. Y no, no lo es ni cerca –es el disco de living after midnight, que esperaba- pensé. Es como ver una película de esas que ya están muy lavadas por la cantidad de veces que sus tramas han sido contadas y mejoradas en el proceso. No le pasa a todas, a las que sobrevaloran en su tiempo les sucede rápido, como a Psycho, a Inception o a cualquier Star Wars. Así es British Steel, blando y con ganas de gustarle a todos. Los olvidé durante meses, ponía algunas canciones del Painkiller de vez en cuando. Antes de ese olvido, los olvidé durante años en el colegio, no los ponía casi nunca, las canciones que tenía de ellos en mi computador eran en general una colección de tracks aburridos, canciones robóticas e himnos gay (la mitad de british steel básicamente y me quedé con eso por quince años).

Pensé que Judas debía tener algo en los setentas que los definiera, nunca había cruzado esa barrera y no podía dejar que British steel me arruinara la banda. Me considero un psicótico con la tarea de escuchar únicamente la música de una banda a través de un solo álbum, con espacios de tiempo considerables (meses, años) para volver a escuchar otro álbum. Y cuando no, pues me voy a la mierda y hago un collage de toda la música de alguna banda o escucho dos álbumes seguidos y ya. Puse ‘Raw Deal’, ‘Starbreaker’ y ‘Sinner’ del Sin After Sin (77’) y quedé tan impactado (juro que nunca había escuchado estas canciones) que puse el álbum completo.

Now I see you standing with brown leaves all around and snow in your hair
Now we’re smiling out the window of the crummy hotel over Washington Square
Our breath comes in white clouds, mingles and hangs in the air
Speaking strictly for me we both could’ve died then and there

La banda para este punto no toca bajo las reglas sonoras de la fórmula metalera que ellos establecen más adelante, todavía se encuentran sintetizando, su música tiene tiempo y espacio para extender las texturas. En apartados parece como si Queen fuera una banda de metal y Freddie Mercury el flamboyante vocalista de la banda más pesada de todas. Realmente ellos se definen solos, el ataque virtuoso de doble guitarra de Glenn Tipton y K.K Downing, su apreciación por lo oscuro y lo romántico, por las visiones épicas y tormentosas de las metáforas que proyectan la inmensa voz de Rob Halford sobre el trueno galopante de su música. Sin after Sin es el documento con el cual Judas Priest volvió a mi vida por la puerta grande. Tiene Romance del más puro y tibio, con su debida nostalgia y melancolía; está obsesionado con el pecado, la libertad sexual y las metáforas bíblicas, tiene bravado y ganas de azotar la pista; Sin after sin es más amplio sonora y temáticamente que el regular del metal ochentero, aún así yo escucho el eco de millones de bandas después de ellos.

I made a spike about nine o’clock on a Saturday
All eyes hit me as I walked into the door
Then steel and leather guys were fooling in the denim dudes
A couple cards played rough stuff, New York, fire island

Así comienza ‘Raw Deal’, par tipos le echan el ojo a Rob cuando llega al bar a beber y armar bochinche, clásico tema heavy metal, pero esta canción tiene un giro: only denim dudes. Desde que estaba en el colegio le admiro a Rob Halford que impuso la moda en el metal de la ropa de cuero, taches, ropa sado, porque desde él, vienen de la comunidad gay a la que pertenece. La ola de bandas que siguieron su ejemplo exaltaron sus pintas con vestidos de cuero, taches, fetichismo sado, pelo en pecho, músculos aceitosos, ¡muchos más taches!, todo más lejos. Gradualmente muchas de estas bandas tornaron la real sensibilidad de los versos de Judas Priest en desmesurados himnos de poder, desbordantes odas machistas y bravado excesivo que convirtieron en portada de la hombría y la virilidad. Pero dejaron la ropa, la ironía. Esta es la historia de cómo todo se transforma en porno sin que nos demos cuenta y de cómo Viernes 13 terminó con sesenta y siete secuelas.

El sumo sacerdote dispone en su descendencia de cientos de peregrinos, reformistas y druidas que han escrito e interpretado las enseñanzas a sus tiempos y costumbres, a sus deseos y ambiciones, a sus realidades, contradicciones e inseguridades. La historia del heavy metal parece una historia de familia y dinastía medieval hasta hoy, hijos que recorren el tiempo adaptando sus visiones sobre el mundo, luchas por expansión y gloria, costumbres milenarias, generaciones de estancamiento, lento desarrollo de nuevas costumbres, bastardos y miedos hegemónicos; el pueblo metalero, fervoroso y sectario, atraviesa procesos de democratización que comandan feroces reformistas, eras de intolerancia, colonialismo, decadencia, renacimiento y elitismo; finalmente, un prometedor y neo-apocalíptico, siglo veintiuno. Todos de cierta manera y a través de esa línea temporal, levantaron la bandera de su antiguo profeta y sacerdote sin importar lo distintas o reformadas de sus ideas. Ante estas revelaciones de un legado sacramental que me fue invisible y empañado por herejías del pasado, me arrepentí de mis pecados uno tras otro y volví a rezarle a Judas.

Judas_priest_1988.jpg

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Desde el desafortunado British steel ha pasado un año y medio de mi vida. Puse ansiosamente Screaming For Vengeance (82’) para las navidades. El Sin after Sin ya tuvo su buena rotación en el transmilenio, en la pijama, en el trabajo, para escribir, para pegarlo, un mega éxito de temporada.

Screaming For Vengeance (82’) es absolutamente todo lo que la prensa mundial dice de British Steel y es el álbum que más americanos compraron en masa con las palabras Judas Priest en su portada. Son nueve canciones que causaron un profundo impacto en todas las escenas metaleras de norteamérica. El World Vengeance Tour de los ingleses anotó más de cien conciertos en un tour que cubrió exclusivamente el territorio amplio de los Estados Unidos y Canadá de costa a costa donde bandas como Uriah Heep, Motley Crue, Heaven, Quiet Riot, y Iron Maiden le calentaron el público a los anglosajones. Solo gigantes monumentales de norteamérica del momento como Van Halen y Triumph recibieron a los ingleses para abrir sus shows.

I’m watching all the time.
I’m made of metal
My circuits gleam.
I am perpetual
I keep the country clean.

Screaming for vengeance es destilado puro del género, líneas concretas de alienación urbana sobre riffs comandantes de guitarra. Este es el álbum que dejó la huella más profunda de Judas Priest en el sonido americano, mi sonido favorito por siempre. Al estilo que aquí se destila con tal precisión, se le puso con el tiempo el prefijo old school o le decimos metal tradicional o metal clásico por razones del gran cisma en los ochentas. -thrash, death, black, glam, crossover, power, sludge, grind, doom, symphonic, neoclassical, gothic….ese gran cisma. Screaming for vengeance funciona bajo la precisión operática que caracteriza la fórmula metalera, que a opinión casi universal, fue concebida por Judas Priest. Screaming for Vengeance para el metal es algo así como Halloween para las películas slasher de asesinos en serie. Después de este, su octavo álbum, la banda estaba a la par de la escena metalera mundial con la que ha compartido y competido como veterano durante casi treinta y cinco años más.

Con todo eso escrito, British Steel de mil novecientos ochenta, es el disco más sobrevalorado de la historia del heavy metal. Sin after Sin tiene las mejores canciones que jamás escuché de Judas Priest. Screaming for Vengeance se ha tornado mi favorito porque tiene matices muy claros y distinguidos alrededor de una receta exacta que disfruto mucho. Mi más viejo recuerdo de disfrutar Judas Priest fue con Painkiller en el colegio, cuando no sabía que con ése disco, le reaprendieron todo a la década que dejaron atrás y asaltaron el metal sintetizando -de nuevo- el género en su mejor forma. Mi corazón sigue mucho más cercano a Iron Maiden o Van Halen, son familia, pero siento que la ceguera producida por sus malas canciones se ha aclarado y Judas Priest, que durante mi vida ha sido referente de todas las bandas que escucho, vuelve a mi escapulario como santo de mi devoción.

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