Supersticia

Yo nunca he sido supersticioso pero ese día ordenando la alacena en la cocina, se me cayó un potao de sal en toda la mitad de la sala. La cocina y la sala eran el mismo espacio, una casa pequeña. Soñé varios años en segundos, imaginé mi vida en la montaña, y me convencí de que la vida podía ser más pura, mientras los niños me regalaban cilantro y aprendían sobre injusticias e insurgencias.

Con una parcera nos prometimos salir de todas las ficciones que hemos construido alrededor de nosotros, para ser anarquistas de verdad. Tenemos que ser como el Flecha, chazeros, taxistas, minoristas de marlboro, cabrones de putas viejas, tenemos que hacerlo todo. Hay que dejar de ser burgueses. ¿Y qué mierda es ser anarquista? uno es que se casa con algunas etiquetas para mantenerse a flote con las ganas de vivir, con los principios.

Me dijo otra amiga que necesita gente en su vida que esté acostumbrada a vivir en un mundo sin internet. Dice que se gastó veinte años llevando a su hija al colegio y luego a la universidad, trabajando sin mirar hacia adelante, con los ojos clavados en su máquina de coser y que ahora siente que despierta de un sueño profundo y el mundo es completamente diferente. -Apesta y es estúpido-. Tampoco cree en las fronteras y parece reaccionaria aunque odia las etiquetas. Su amiga francesa le dice, -dios mío, eres muy punk- de qué mierda estás hablando, yo odio el punk.

Me desperté y las encías me sangraron un poco al cepillarme. Siento como si el café se absorviera por los dientes. Agarré la camioneta de mi amiga y manejé durante horas a través de los bosques, tuve varios hijos con la neblina, y perdí mi pierna derecha en una apuesta con un venado. La recuperé gracias a los hondureños que raspan piedra en la playa, porque resulta que los venados no comen carne pero sí soplan bazuco. Conseguí un trabajo como trapecista y tenía que balancear hongos portobellos con la punta del pene. Y estuvo bien durante un buen tiempo, pero desde que mi compañero el trapecista se enamoró de la jirafa, ha sido raro. Además se consiguió otros seis trabajos y no ha dormido un solo minuto en los últimos seis meses. Era barista, manicurista, imitaba a celia cruz en el centro, y cargaba ladrillos en una obra. Andaba estresado, como engatillado, todo le sabía a mierda, todo el mundo le sabía a mierda. Yo le dije que si trabajaba tanto se iba a enloquecer, y pues se enloqueció. Ahora me tomo el café antes de cepillarme.

Venía llegando del trabajo, estresado, con un tembleque en el cachete, que me dormía en la bicicleta. El parcero se me acerca, ebrio hasta el culo, -qué haces hermano, qué hace mi perrito, vamos a fumarnos un tabaco o qué-. Me regala uno de esos encendedores que botan fuego como lanzallamas, le digo espérame duermo veinte minutos. Dormí tres horas. Todo estaba en silencio y los parceros trabajaron hasta el amanecer, hasta las cicatrices, como todos los días.

-A mi es que me gusta mucho mi pequeño rincón en el mundo-, me dice una liberal, una dulce y preocupada madre de familia que vive en uno de los suburbios ricos de California. Hablar de política la estresa, principalmente cuando menciono que las guerras son incontables, que su pequeño rincón del mundo es así de bonito por las campañas de guerra que su gobierno mantiene en otros lugares del mundo.

Todo se mide en la cantidad de artículos vendidos y en la cantidad de alienación que acumulas. Hacer comida ya no alimenta a nadie, la gente va a los conciertos a ver el escenario a través de su teléfono, van de vacaciones al caribe y se lo meten al bolsillo. Hay quienes odian el capitalismo y se ponen a ‘emprender’. No hay consumo responsable bajo el libre mercado. Porqué no venden -éste- pienso, pero ya lo hacen. Todavía se escucha eso de que el comunismo nunca ha funcionado, -como si el capitalismo funcionara-.

Menos mal renuncié, porque escuchar a mi ex compañero de trabajo hablar bondades de Nayib Bukele todos los días me tenía enfermo. La verdad es que me echaron, porque un día salí más temprano sin avisar para hablar con mi psicóloga. También porque me demoré cinco minutos cruzando la cuerda floja, no cuatro. Los únicos que entienden a los capitalistas a la perfección son los fascistas. Qué se puede esperar de un carajo que está orgulloso de que su hija quiera ser policía. Esos hijueputas enloquecidos de sueño americano me engangrenan el alma. Si van a cruzar la frontera, que sea para comer, para saquear la plata que los imperios les han negado, para limpiar la sangre que han drenado de nuestras familias. Bienvenidas sean las nuevas invasiones bárbaras.

Cuando me despedí de la montaña sin desearlo, de todos esos niños a los que les di clases de inglés y recomendé canciones, recordé la sal y mi tristeza se volvió adefesia, minúsculo se hizo mi pesar. 

¿Será que alguno de esos hippies se levanta un día, se prende un bareto y mientras la conciencia recorre su cuerpo, contempla la miseria que su existencia le ha traído a la selva?
Quizás
Y luego nunca.
Las aldeas arrasadas por paramilitares, pueblos fantasmas a manos de la policía. Tierras baratas, desarrollos sostenibles, panaderías francesas.

Somos la tropa de Cristóbal Colón y hemos corrompido la sal de este mundo. Nuestro único legado es la superstición y el genocidio. La quinoa y la coca son nuestros esclavos ahora. Parpadeo y el horror desaparece, porque mi don es el olvido, el perdón de mis propios pecados.

Octubre, 2022

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