Alucinación patriótica

Nos hicieron aprender a fuerza de costumbre, que robar y engañar a los otros es viable. El colombiano sabe que mirar para otro lado cuando sucede la injusticia y la barbarie es tradición y para no preocupar a las abuelas, una decisión inteligente. Uno no ayuda al que roban en la calle, el ladrón fue por el hambre, pero la costumbre lo hizo rata; si uno llegase a evitar que logre su cometido, se gana una puñalada y al incauto igual lo roban. El peor insulto para un colombiano es que le digan pobre, qué raro país, si aquí todos somos pobres. Que podamos ir a la universidad y tomar guaro todas las semanas, solo nos hace pobres conformes, egoístas y terriblemente alienados de comodidad. Los ricos son como seis gatos, bien malos. Yo no confío en esta democracia porque sé que no existe y se reproduce como una alucinación patriótica instalada en el subconsciente del ciudadano de aquí. La tricolor, el segundo himno nacional más hermoso, el país más feliz del mundo, la Atenas de Suramérica, el abundante oro de la bandera y la sangre que derramaron los próceres, todo es parte del letargo alucinatorio en el que crecimos los colombianos. Nuestro escudo tiene dos cornucopias llenas de oro y frutas, botines de un saqueo colonial que se hizo símbolo patrio. Los colombianos son más manipulables que malos, están llenos de confianza en un sistema que supone ser la misma verdad, exponen constantemente sus miserias en virtud de sus divinas promesas y permanecen, aún ante la firme negación de su eternidad bienaventurada, seguros de que no quedaran frustradas sus esperanzas. Después de semejantes días de arduo compromiso y dedicación con el terror y desinformación por parte del estado, la televisión y la policía, mi abuela me llamó convertida en una autómata adoctrinada por el miedo, a putearme. Defendió hasta al presidente, ¡¿quién es esta señora?! Mi abuela es una señora católica, no tiene un criterio político, sola la mueve el amor inconmensurable por sus hijos y nietos y la fé. Si la televisión le muestra algo y le dice algo ¿porqué le dirían mentiras? A quién los paracos le han matado varios hermanos, ¿Qué necesidad tiene la televisión de mentirle? No podemos seguir dejando que los villanos ejerzan tal influencia en la gente, debemos enseñarles a notar, el momento exacto en que sus enemigos quieren manipularlos. Lo primero es quitarles los medios.

Colombia tiene una dictadura muy inusual porque no tiene las características mediáticas y estructurales de una dictadura de derecha. No se ve como una desde afuera -ni desde adentro-, es muy hábil para posar como una democracia de afiche, es una aventura paradisiaca. Aquí nos acostumbramos a que así es la vida, difícil, de sol a sol y en silencio, cuando los latinos somos fáciles, de ron y sol y bulliciosos. Durante el último año cada uno de nosotros ha visto el recrudecimiento de la censura, la represión, los muertos diarios, y la peligrosa y despiadada indiferencia del partido en el poder. Los indígenas asesinados, las selvas en llamas, mis amigos amenazados por ser gentes militantes y críticxs, los estudiantes amedrentados y asesinados por la policía, la corrupción y el saqueo de las arcas públicas como en ninguna otra época, la creciente xenofobia con nuestros parces los venezolanos, la miseria y la delincuencia de las calles, el machismo que mata mujeres a diario; esto es Colombia hoy, un país que se supone firmó un importante y aclamado tratado de paz hace un gobierno. Hoy, a un año de la elección del uribista partido Centro Democrático, este país nos da miedo, nos entristece mucho, nos frustra los sueños y las alegrías, Colombia se comporta como esa mujer golpeada con regularidad por el esposo que ama y del que se siente muy consentida. Hoy y de frente como nunca antes, desenmascarando la atroz historia detrás de su éxito, nos dicen que la tierra en Colombia es de ellos nada más y que matarían al que fuera por mantenerla.

Los que vimos Game of Thrones, amamos a Cersei Lannister por unas características muy particulares, porque es una perra desgraciada y maldita, una piroba mala de familia real, despreciable, que siente asco por la gente, que ama y ambicia de maneras malsanas y tóxicas. Eso nos encanta. ¿Pero votarían por ella para que nos gobernara y dirigiera los destinos económicos y ejemplarizantes de nuestro país? Nunca ¿cierto? Los colombianos lo hacen siempre, qué go-no-rrea, decimos por aquí. Lo segundo es arrancarles el monopolio de la tierra.

No vale la pena morir como mártir por la República de Colombia, no me siento representado por una patria fundada por oligarcas y banqueros, criada en el castigo, el puritanismo y el odio y bendecida por un Dios sañudo que siente asco por los cuerpos humanos. Necesitamos resignificar nuestro lugar geográfico sin los delincuentes que ostentan y mantienen la tradición de su fundación original. Doscientos años de feudo católico, y nos montaron una patria en la cabeza a la que cada cierto tiempo se le abren los puntos de tan horrenda cicatriz. Qué difícil es no pertenecer a ningún lado y al mismo tiempo pertenecer con tanto fervor, que duele. Yo a este país no lo amo sin condiciones, porque así empieza la mala comunicación, la falta de empatía con el otro, así empieza uno a mirar para el otro lado, a señalar al extranjero de nuestra basura, y no lo amo sin condiciones porque fuí criado en la represión y en el miedo, mis tíos asesinados por los paracos, el pavor de mi abuela cada vez que salgo a la calle, la ceguera programada ante el hambre. Lo amo con muchísimas condiciones, porque no olvido, porque la injusticia de este país, el más desigual del mundo, no me deja doblegarme ante el amor sin condiciones, porque la única forma de querer este país es poniéndole los requisitos inamovibles para reconstruirlo. Amar este país sin cláusulas incuestionables para este punto de la historia es ser absolutamente condescendiente con la crueldad y la mala vida; para quienes Colombia es pasión, punto, es porque son dueños materiales y morales del país, para quienes el resto de nosotros somos engranaje, pie de fuerza, peones intercambiables, compradores de bajo sueldo.

A mi no me gusta ese cuento de que, si yo mato al sicario, soy igual que él. El que asesina por su clase social, el que asesina por el color de la piel, el que asesina por los gustos sexuales, el que asesina al que no es colombiano, el macho que asesina y viola mujeres porque las odia, esos seres, están dispuestos a matarnos a todos y debemos matarlo nosotros antes de que suceda. No somos iguales, ese es el cuento de los pálidos de argumentos y los que defienden la vida humana como si ser un humano fuera algo bueno por defecto. Eso que llaman inhumano, es de lo más humano que existe. Ese fascista intolerante y asocial, cobijado por religiones pérfidas y vengativas, es quien quiere acabar con millones de nosotros y de paso aniquilar la naturaleza; yo me comprometo a matar su figura y volverla solo un personaje siniestro del pasado horripilante que no repetiremos. Los políticos que apoyan grupos paramilitares saben que pueden orquestar la muerte de policías y la destrucción de los bienes públicos porque siempre los hace más fuertes en la opinión pública. Para los restantes insurgentes violentos, ¡ataquen bien por favor!, calculen realmente quiénes son las aves de rapiña que inundan Colombia y se adueñan de ella pueblo por pueblo, hectárea por hectárea, local por local, casa por casa, incauto por incauto. La insurrección solo es valiosa y parte de la revolución en el siglo XXI si es inteligente y de carácter anarquista, ambientalista, feminista y antimonopolista. Todas las formas de lucha.

La desesperanza y el egoísmo no son hechos sin precedentes; Colombia es la injusta vida de los pobres alimentados de patria durante todo el siglo XIX, las masacres auspiciadas por los presidentes y sus amigos los empresarios extranjeros por el control de la tierra y la producción agro industrial a comienzos de siglo XX cual feudo esclavista; la sectaria y sangrienta guerra que peleaban los pobres y los creyentes, envalentonados y envenenados por el color de su bandera política, una azul y otra roja, creadas por esos ricos esclavistas para simular una democracia; el asesinato del caudillo Gaitán en el año 48 a manos del gobierno, legendaria muerte, resonante y caótica en cada rincón del país con acceso a un radio y al chisme; el inevitable contagio revolucionario de las masas campesinas por el desespero y el sueño de la libertad… la guerra, el desangre lento, la vista gorda, los millones de colombianos del campo inundando las ciudades por la violencia incontrolable y la pobre calidad de vida; el asesinato de cinco candidatos presidenciales entre los ochentas y noventas y el simultaneo exterminio genocida de los miembros del partido Unión Patriótica, creado por pensadores y políticos de antecedente guerrillero; esto ha desencadenado un sanguinario control absoluto del país por grupos paramilitares al servicio de los ricos, terratenientes y colombianos de bien, y que han convencido a este pueblo que con su negra mano pueden sacar a Colombia de la cárcel triste que labró su pecado.

Si es por gobiernos en el sistema actual democrático y republicano, quiero uno que haga temblar a las clases arribistas, racistas y oligarcas de mi país, no quiero vivir siempre en su paraíso paramilitar y camandulero. Colombianos de bien, váyanse de mi país, váyanse quizás al estado de la Florida, lo disfrutarían mucho, los gringos les fabricaron la Colombia y la Latinoamérica de plástico que siempre soñaron. Vayan a engrosar las filas de gusanos migrantes. No por migrantes, sino por gusanos. Vean desde afuera, cómo los países suramericanos nos hacemos mejores sociedades sin ustedes.

Servidores públicos ustedes no me deben nada ni yo a ustedes. Soy anarquista y mi única deuda es conmigo. Servidores públicos ustedes no le deben nada a nadie, pero si nos han robado a todos. Servidores públicos mi deuda es con la vida y sus leyes no me cubren, a sus leyes no me someto. Servidores públicos, empresarios, banqueros, e industriales, volteen no más que les saqueo sus arcas atiborradas de sueños rotos y promesas disueltas. A los anarquistas, el mundo es nuestro, nunca duden en matar aquello qué o quién destruya nuestro mundo. Como insurrecto soy delincuente y como prófugo soy invisible. Trato de ser justo en una sociedad injusta, y la justicia bajo la tiranía es ley moral, aún en contra de la ley política. Las luces de los emprendimientos de mi generación se ciegan ante la construcción colectiva de una sociedad que puede ser realmente responsable con su riqueza y con su futuro. Startups, crowdfundings, franquicias, cooperativas, empresas públicas y privadas, sus viajes corporativos e industriales son enemigos de la humanidad mientras se piensen un mundo y unas herramientas que incentivan la masificación de centros comerciales, la basura de obsolescencia programada, y la aniquilación apocalíptica a la que estamos sometiendo a los animales del mundo.

Con lo que sabemos hoy, científicos y pintores, ingenieros y profesores, políticos y pescadores, con las habilidades que poseemos en este siglo, es de villanos continuar produciendo basura todos los días para alimentar el consumo y es de villanos, discriminar a los que se ven diferentes en nuestra especie. Los colombianos lentamente aprenderemos a tirar línea sobre nuevos paradigmas económicos y ambientales, no como la nación que obedece, sino como quién es dueña de los recursos, de las cicatrices de la historia y de la sabiduría. Tengo un nuevo mapa de Latinoamérica en la cabeza, un nuevo mapa de la América que visitan europeos y extranjeros en busca de vida y alegría, un mapa de hielo a hielo, una utopía enteramente híbrida del nuevo mundo, como nos apodaron los conquistadores. Así es, somos el nuevo mundo.

Diciembre, 2019

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