DEDICADO AL 21N, A LA RESISTENCIA HISTÓRICA COLOMBIANA Y LA MAREA REVOLUCIONARIA E IMPARABLE QUE SOMOS HOY.
La protesta pacífica no es viable en un estado que asesina su gente todos los días. Es necesario destruir las ciudades que ellos, han construido para ellos ¿Qué de todo nos pertenece?
Colombia es el país más desigual del mundo, está en manos de una de las clases políticas más corruptas e inamovibles del continente, y posa como una democracia ejemplar, cuando en realidad es una peligrosa dictadura de derecha desde hace más de un siglo. El alcance que tienen los medios de comunicación masivos al servicio del poder es desproporcionado. Por eso, una población en su mayoría pobre y que trabaja muy duro por muy poco, cree que protestar y exigir derechos de un gobierno que históricamente lo ha saqueado y menospreciado, es de vagos y gente detestable. Con un discurso que mueven a diario, los colombianos creen que manifestarse hasta el cambio es incorrecto, como quien ve abierta la puerta de su larga condena y mira la luz del sol, quién pasmado adentro de la jaula con el destello cegante en los ojos, solo se levanta para cerrar la puerta.
No es por este gobierno, es por doscientos años de atroces gobiernos que nos convencen generación tras generación, que sus gestiones son decentes, de votar por ellos siempre. Su oscurantista religión católica y sus ínfulas de seres humanos reales nos han masacrado durante dos siglos, amedrentado por decir cosas incorrectas, convencido que tal vida injusta, miserable y egoísta es la manera normal de existir en Colombia. El clasismo, la homofobia, el racismo, la misoginia, el atraso infraestructural y cultural, la normalización de la miseria y de la extrema riqueza, son productos de la clase dirigente que nunca ha rotado el poder. El gobierno de hoy en particular, está en manos de la ideología más venenosa de la historia del país, -la de Álvaro Uribe-, una que reúne todos esos elementos podridos que hacen de Colombia la república fracturada de hoy y merecen que lo expulsemos por siempre del poder y de los corazones de los incautos y diezmados de espíritu.
Este gobierno nos felicita por nuestros cacerolazos y nuestras marchas pacíficas, su condescendencia es insolente y su arrogancia por encima de la voluntad y bienestar de las mayorías parece no tener límite. Nuestra marcha no es pacífica cuando el sistema es genocida con el indígena, y despiadado con el inconforme; un gobierno perteneciente a y cobijado por un par de familias que saquean y se tragan todo lo que el país produce; con un cuerpo policial iletrado, que vive en la indignidad, en el peligro constante y en la pobreza, matando y aterrorizando compatriotas a su servicio. Nuestro deber es salir a detener las ciudades que hoy les pertenecen y destruir los bienes físicos de los capitalistas, quienes apoyan ese gobierno que asesina estudiantes, madres de familia, periodistas, niños, profesores y campesinos, todos los días. Podemos muchas veces no notarlo, porque somos millones de personas en una geografía densa y compleja, pero la gente dentro de la frontera colombiana se desangra cada día, su naturaleza muere cada minuto, por culpa de este tipo de gobierno excluyente y asesino.
De Colombia deben ser expulsados esos patriotas que se creen dueños materiales y morales de este extenso y diverso territorio. Ha sido su feudo y dejará de serlo. No vamos a destruir la tienda de la vecina ni las casas de nuestras familias, vecinos y amigos. Vamos a hacer inviable este país para los pseudo capitalistas asquerosos, a los que su patriotismo y amor por la tierra alcanza hasta que la capacidad para someter y controlar a su gente se ve comprometida. Destruiremos su país y construiremos el nuestro.
Acusamos a esta oligarquía de destrucción sistemática de los recursos naturales para sacarlos en su enteridad del país, en detrimento de nuestra salud, nuestra economía, nuestra naturaleza, nuestra tranquilidad y nuestra vida. Mientras se lo han robado todo por siglos, nos enseñaron en el colegio a repetir las virtudes de nuestra diversidad; los ríos más anchos y frondosos, las selvas más profundas y misteriosas, la gloriosa entrada de dos océanos al mismo tiempo y la riqueza infinita en la que vivimos. Son ellos mismos quienes los destruyen y los venden todos los días; su nivel de maldad es legendario. Cincuenta millones de colombianos conocemos las virtudes de nuestra frontera, porque ellos, la clase política de siempre, nos las enseñaron a repetir con excelso patriotismo. Al mismo tiempo venden las montañas y los lagos, menosprecian la creación artística, incendian las selvas, contaminan de manera irreversible los ríos y matan a los que hablan otros idiomas, y creen en espíritus que cuidan tierras ancestrales.
Hace treinta años el estado cometió un claro genocidio contra alrededor de seis mil personas que tenían el carné de un mismo partido, creado en nombre de la paz y la reconciliación. Hoy está pasando lo mismo. Hace cuarenta años nos convertimos en un paraíso del narcotráfico gracias a la permisiva y descarada entrega de la tierra a los extranjeros capitalistas y nuestra moral se nubló aún más por el dinero fácil y el pensamiento mafioso. Fruto del genocidio, del repudio que siente la clase política tradicional por el bienestar de las grandes mayorías, de su egoísta y sangrienta forma de gobernar y del nuevo dinero del narcotráfico, nuestro conflicto interno se hizo más desalmado, vengativo y en el corazón de muchos colombianos, irreconciliable. Hoy está pasando de nuevo. ¿Vamos a dejar que suceda lo mismo cuando los victimarios son tan evidentes?
Durante generaciones nuestro gobierno nos habla de que Colombia crece un 3% en su economía, que sube 2%, que baja y que sube. Esta información no le habla a ninguno de nosotros, que trabajamos alienados creyendo que producimos y le aportamos algo al país, aún con sueldos asquerosos e indignos. Ese mensaje va dirigido a banqueros, multinacionales y selectas familias, y se traduce en el dinero que se ganan y le roban a cincuenta millones de personas. No se merecen este país y ante su arrogante y tendencioso apoyo a las fuerzas represivas, son sentenciados a la expulsión permanente.
Tenemos una de las diásporas más grandes del mundo, millones de colombianos viven por fuera del país porque su oligarquía lo ha convertido en uno de los más corruptos, excluyentes y difíciles para vivir. Las ridículas insurgencias solo hicieron más fuerte al establecimiento, el asesinato de nuestras grandes mentes creativas y políticas no se compara nunca con la caída de torres de luz ni con la muerte de adoctrinados policías. Este horrible desangre ha apagado el espíritu colombiano de esperanza durante más de un siglo; hoy nos amedrentamos sin mucho esfuerzo. Las poblaciones urbanas viven en burbujas donde de manera aparente lo tienen todo, pero sobreviven convencidos que tan baja calidad de vida e indigna funcionalidad de su sistema es normal y algo por lo que agradecer.
Entenderán que es poco lo que hay que destruir, cuando ya todo lo tenemos; todo nos pertenece, la tierra y la vida de casi cincuenta millones de personas. Cuando se den cuenta que, con unos pocos edificios y estructuras, ellos controlan toda nuestra existencia, no van a dudar en quemarlos todos y expulsar a sus dueños. Se hace un llamado inmediato a los nacionales e internacionales, organizaciones y agentes de la justicia, a dar marcha a la operación geografía y recuperar nuestro país de las manos de los enemigos de la vida humana.
Anarquía Internacional 2019
