Exceso premeditado de aceite

¿Quieres ir al Norton simon museum?-
-pues si, aguanta-
-yo pago, para que no gastes. Me da pena no sacarte a ningún lado-
-gracias dude, que buen detalle, igual no hay problema… con lo de no salir a ningún lado-
-igual tu disfrutas quedarte acá, leyendo, escribiendo…mejor me quedo con esos veinte dólares-
-no no.. dámelos yo los uso-
-bueno déjame ir al cajero, vengo y me ayudas cortando una madera, no nos toma más de quince minutos…-
-bien-

Ese treinta de septiembre tenía la amarga sensación de que era mi última semana en California. ¿Un pasaje al norte a cortar marihuana? ¿Volver al desierto? ¿Esperar a que los ángeles de esta ciudad me levanten y arrojen dólares a mi bolsillo? Fuí al museo y me quedé en California.

Duchazo, ropa, secar el pelo a cabezazos, se me hizo tarde. El camino es tan largo como trepar una montaña para bajarla de nuevo y en Los Angeles nadie camina, la gente toma uber, tiene carro, o solo sale al patio a que los perros caguen. Los buses van vacíos, se suben en su mayoría asiáticos, latinos, gente que trabaja en oficios de viejos y turistas. Durante largas cuadras de autopista a un lado e interminables suburbios al otro, yo soy la única persona que camina. Es una pena realmente, quizás olvidaron que el sol brilla con el viento durante todo el día.

El museo tiene una colección de obras que por mucho tiempo sólo pude ver en internet y libros de historia, en propaganda de ministerio de cultura y afiches de mala calidad. La sensación de estar rodeado de tales piezas originales de tal popularidad es sobrecogedora, porque es capaz de liberar un sentimiento de plenitud que por mucho tiempo se resguarda ante la imposibilidad de satisfacción que produce la naturaleza artificial de una reproducción. Colgadas contra la pared, una a una, pasillo por pasillo, testimonios de una existencia humana en constante y tormentoso cambio. Me senté frente a una pintura de Kandinsky durante veinte minutos, me acerqué por los costados para detallar el exceso premeditado de aceite en las obras de Van Gogh, viví durante pasillos enteros la decadencia y la obsesión sexual de la Europa cristiana con los cargados y oscuros oleos de Rubens. A la entrada del pasillo de arte americano y europeo del siglo xix y xx, caminé frente a la chica que cuidaba el pasillo, nos miramos varios segundos, sonreímos al mismo tiempo y seguimos mirándonos, ninguno dijo nada, yo seguí caminando como quien analiza muy bien lentamente los cuadros pero no podía pensar en otra cosa que en la chica que había quedado atrás en la entrada del corredor. Que bonita sonrisa, mona de capul, bajita de facciones fuertes, saco y corbata. El traje le quedaba grande. Yo trataba de concentrarme en las pinturas pero solo pensaba en decirle algo, preguntarle si se aburría viendo las mismas pinturas todos los días, planeaba responder ante una positiva, lo sobreestimulado que me sentía después de unas horas en el museo. Di varias vueltas al museo, me senté durante veinte minutos a ver a dos estudiantes de música de la India tocar unas repetitivas e hipnóticas melodías. Ella seguía allá, en la entrada del pasillo de arte americano y europeo del siglo xix y xx. Volví a subir y la vi a la distancia, me sentí como un raro de mierda y salí al jardín, me tomé un tinto de dos dólares con el estómago vacío. Hablé durante unos minutos con uno de los músicos pero con la única intención de ver salir a la chica y decirle al menos, hola, al menos, verla de nuevo, al menos, pensar -¿porqué ese tipo me mira, no pronuncia palabra me querrá hacer algo?- Pero soy yo el que piensa eso no ella…la paranoia le empieza a quitar el encanto a la situación. Miro mi celular como si algo sucediera, veo a la gente salir en filas, entre todos la chica, me mira de reojo, se sonríe y sigue caminando, va diciéndole a su amiga, -aquél es el tipo que me estaba mirando sospechosamente-. Yo sigo de pie falseando mi actividad en el celular y arranco a caminar, cagado de la risa, consciente de que mi comportamiento es de lo más extraño. Quizás pensó que yo era lindo, pero muy extraño, quizás solo pensó, -que tipo tan raro-, quizás solo se asustó, quizás no pensó nada, quizás solo pensó, -cute- y no volvió a pensar en el asunto, quizás es ciega, quizás yo tengo problemas. Pero nunca voy a saber nada de eso. Caminaba por el viejo pueblo de Pasadena, -si le voy a hablar a una chica, le hablo, le digo lo que sea que tenga en la cabeza, sino no le hablo y sigo con mi vida, no puedo comportarme de manera tan extraña alrededor de alguien a quien claramente se nota he identificado y me ha identificado con la mirada…como sea, vamos a comprar marihuana-. Me detuve en la entrada de un starbucks a agarrar internet y buscar un dispensario, seis cuadras. Le dí tres vueltas a esa esquina, no había nada, pero olía a yerba. Me acerqué a los celadores de un hotel, todos jóvenes, exceso de celadores además. Era un hotel justo en la esquina que google maps indicaba estaba este dispensario.

-Aquí vienen cada rato a preguntar por el dispensario de la esquina, pero ahí no hay nada-
Todos sabían dónde habían dispensarios.
-yo tengo weedmaps…no me pregunten porqué-
El pana me dejó llamar de su celular hasta que dimos con un nuevo lugar al lado de mi casa en L.A, abierto hasta las doce de la noche. Dios bendiga California. Bus a la casa, cruz verde pegada en el vidrio del local, cruzo la calle, papeles, identificación…
-estás listo, entra-

Me atendió la chica más linda de Los Angeles, le pregunté de cuanta estupidez acerca de la yerba en los estantes, le pedí que me recomendara algo bueno, una sativa, ella me pasó un cogollo de light of jah. Es posible que ella sea así de amorosa, linda y coqueta con todos los clientes, buena vendedora es, pero yo creo, yo, que esa chica me estaba mirando con lujuria. Me enamoré con locura y sé que digo eso con frecuencia, quizás varias veces al día pero pasó, de nuevo. Caminé a la casa, me reí todo el camino, no me quiero ir de California. -Estoy en un concurso de guión y necesito saber que putas con eso, toman meses para decidir un ganador y darle una cantidad ínfima y ridícula de dinero «para escribir»-. Llegué a contarle mi día a los pobladores de la casa, una vez dormidos, me fumé varios plones y me fuí a la mierda. Hoy treinta de septiembre, fumé en la tarde, escuché desde reggae music hasta Acid Bath (todos mis caminos terminan en Acid Bath), traté de escribir sin mucho éxito, con unas ganas mortales de fumarme un cigarrillo, cocinando compulsivamente. Llevo dos días sin un cigarro, y sé que mi cuerpo no lo necesita pero mataría a la comarca entera por uno. Llevo horas pensando en salir y preguntar por los cigarrillos más baratos, tal vez pueda pagar cinco dólares con la tarjeta, no puedo pagar más de eso. Igual voy a salir porque comí de manera ansiosa y estoy asquerosamente lleno. Quizás no salga, estoy cabeceando, odio esta llenura.

Escrito el 30 de septiembre/2018

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