Soy los pelos del gato, las imágenes de mi cámara y la energía de las pilas recargables. Siento que puedo ser más, que la quimera desvariante que me mueve a través del mundo le exige a mi cuerpo que debe devorarse las alucinaciones que los sueños le imponen a mi vida. Soy todo lo que ha dicho mi mamá, revelándose en el tiempo, aún sin encontrarle el menor sentido; soy pelo en la barbilla, como treintañero de antaño.
Salí a comprar cigarrillos pensando ¿quién era yo? Soy un cartón universitario más y cuatro días sin una ducha. Soy de los que la cuarentena está enloqueciendo y puede escuchar los simpsons como un programa de radio desde la cocina. Yo soy de los anarquistas, de los que se enamoran y lloran. Soy de universidad privada y lo mínimo que puedo hacer es desayunar gas lacrimógeno ante un genocidio.
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Hoy me levanté al revés. Una media blanca y la otra negra. El gato no llegaba, y me tomé el café con más leche que cuncho. Esperando el sol, nos fuimos a perseguir la lluvia. Tenía quince días sin salir a montar cicla y volví a casa con diclofenaco y cigarrillos. Hoy caminé por el techo, me dormí en los laureles y me reí de las lágrimas. Hoy me acostaré como torcido.
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105 fahrenheit
Te escupo el cielo que gotea, Damasco ‘86
Y te quemo las cortinas.
Se te resbalan las manos, te fumo el ombligo
105 fahrenheit
Y te muerdo las estrias; me respiras en el cuello
Pistolero, California, y nos comemos el desierto
Cheo Canta y te sudan las cenizas
Hay olores como el tuyo que yo nunca me saco,
Que bendicen lo que escribo.
Pero bailemos, que estamos a 105 fahrenheit
Un caserío en Arabia, sin tu ropa y con mi vida.
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Hace diecinueve años el establecimiento gringo estrelló dos aviones contra las torres gemelas. Yo era dueño de seis ladrillos del piso treinta y cinco, y mi suegra me tenía embargados dos de ellos. La maldita enloqueció desde que la caries degenerativa destruyó parte de su cara. Años más tarde me enamoré de una chica de derecha, aunque yo no sabía lo que era, ser de derecha. Cuando estaba borracha le gustaban cosas que odiaba sobria.
Medio baretico en la ventana, y el sol nunca se queda para el almuerzo. Te contaba que hace diecinueve años yo vivía en un piso sesenta y siete en el centro de Nueva York. La gente invertía en inmuebles y compraba los edificios ladrillo por ladrillo. Vivía con Camila y los dos buscábamos trabajo como domadores de langostas. Tenía un ombligo delicioso; tengo muchos años sin verla. Ese día un ventanazo me despertó de un suave letargo y me comí la manzana que llevaba quince días en mi mesa de noche. Camila entró diciendo que no soportaba que el verano se acabara y se arrunchó conmigo. Los dos vimos el primer avión estrellando una de las torres. Nos comimos como nunca esa noche. Después de eso, Hollywood cerró el telón y se dedicó a los refritos.
Yo la verdad es que me vuelvo pal monte. Me enredé con una cocinera que tiene todos los superhéroes de los cómics gringos tatuados en sus piernas. Allá la espero con un gallinero y haciendo guarapo de panela con piña. A ella no le gusta la política, pero sabemos, que en nuestros países, solo hay espacio para los tiranos.
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En el último día yo amanecí con el jean puesto y nos dimos un beso en el borde de los labios. Te quiero ver de nuevo para que no seas el último sino el primer día, imaginar que vivimos intensamente antes de la hecatombre; imaginar que desperdiciamos con ganas, el última día.
Yo tengo otra pana con la que nos hemos despedido miles de veces. Uno se despide porque quiere volver a ver, porque quiere extrañar. El cuento de los últimos días, es que queremos eternidades, muchas. Después de un último día no hay nada por decir. Dirán de uno, dirán los otros.
¡No hay últimos días!, eso es puro melodrama, y me encanta. En el último día yo te dije que quería arrancar, quizás contigo, sin detenerme nunca y para despedirnos más veces.
Y entonces boté mis papeles. Me quedé parado mirando el piso, como esperando que el taxi echara reversa y me devolviera la billetera. Fumé mucho, me dió más frío del usual y me quedé dormido. Tener que contactar a la policía para sacar duplicas le trae misería a mi alma. Volví para comer arroz con papa, ensalada, banano dulce y pan con café con leche. Me excedí.
Cuando pienso en el último día, lo hago todo como el primer día. Pongo en orden los corotos, fumo en la ventana, le estiro los pliegues a los muebles. Pero el día es ansioso, es diferente. Contigo puedo hacer un viaje que no tiene fín, no por ahora. Darte un beso largo y amanecer sin pantalones.
Agosto – Septiembre, 2020
